miércoles, 18 de octubre de 2017

“Historia de La Vanguardia” de Gaziel



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Gaziel es el seudónimo del escritor y periodista Agustí Calvet (1887-1964). Fue director de La Vanguardia, antes periodista en el mismo diario y después, represaliado de la Guerra Civil, sólo escritor.
Catalanista convencido tenía la idea de que para defender la cultura catalana una de las cosas que no había que hacer era encerrarse en un rincón con sus cosas catalanas e ignorar todo lo que tuviera que ver con España y su cultura. Algo así como comportarse como un niño que se cree que al cerrar los ojos el monstruo se ha ido. O sea, más o menos lo que se está haciendo ahora.
Y en eso estaba en La Vanguardia cuando llegó la Dictadura de Franco y ya todo se hizo imposible.
Una de las grandes extrañezas que yo arrastro desde que aparecí por Catalunya hace treinta y cinco años es que no me explico como La Vanguardia tiene el tirón que tiene en Catalunya, escribiéndose en castellano y manteniendo contra viento y marea una posición política, cuanto menos neutra tirando a españolista. Me da la sensación de que el nacionalismo catalán tiene vía libre para ser sectario con todo lo que huela a español pero que La Vanguardia tiene una bula llegada yo que sé de donde que le permite seguir como si Franco siguiera vivo.
Leyendo este libro, lo he entendido. Y es que de alguna manera e incluso sin saberlo muchos de sus lectores, este diario ha hecho lo que Gaziel de alguna manera esbozó o inició. Defender la cultura catalana con el idioma castellano como herramienta. Defenderse abriéndose y no cerrándose. Apropiándose del castellano. Mantenerse en las trincheras allí donde los demás, imbuidos de un purismo anacrónico y pueblerino, se han declarado en rebeldía cuando en realidad lo que hacen es dejar terreno a aquellos que querrían ver lejos. Hasta ahora, en que todo cada vez se hace más pueblerino.
Y aquí enlazo con la segunda sensación que la lectura de esta breve historia me ha dejado. Tristeza. Tristeza al comprobar lo poco que avanzamos en la historia, al ver que una y otra vez caemos en los mismos disparates, errores, equivocaciones, como nos enquistamos igual que lo hacían los romanos, como un periodista lúcido hace ya un siglo vio cual era el camino hacia una Catalunya libre, con entidad propia, abierta y próspera, sin negarse nada, ni tan siquiera el idioma castellano, que dándole la mano al idioma catalán seguro que este hubiera prosperado como lo ha hecho pero sin tanto sectarismo y tanta represión, sin tener que obligar a nadie a escoger entre uno u otro.
Y aquí estamos, de la mano de la democracia mal entendida y utilizada, arrinconándonos los unos a los otros y dejando la plaza vacía. La plaza de la convivencia y el enriquecimiento mutuo.
Si Gaziel pudiera levantar la cabeza y le echara un vistazo a nuestro actual momento y viera que hay dos ediciones de La Vanguardia, una en castellano y otra en catalán, no haría falta decirle más para saber la penosa situación por la que estamos pasando.  Todo el mundo en Catalunya habla y lee los dos idiomas. Lo lógico sería que se leyese cada artículo en el idioma que lo escribe su autor. Así yo no tendría, ni ningún otro catalán tampoco, que verse obligado cada vez que se agacha para coger un ejemplar en el quiosco que elegir entre la edición en catalán o en castellano. Y recordar, mientras se decide, cada día, lo lejos que estamos de tener una convivencia plena, respetuosa y enriquecedora.
Más que “Historia de la Vanguardia”, historia de la cerrazón.

miércoles, 11 de octubre de 2017

“Blade Runner 2049” de Denis Villeneuve



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He estado columbrando varias perspectivas desde las que hacer la reseña de esta película, incluso como si no fuera secuela de otra, como si su predecesora no hubiera existido.
Pero al final todas las perspectivas me llevaban al origen.
Porque el origen de este film y la razón de su existencia es quizás la mejor película de ciencia-ficción que se haya rodado nunca. Y eso no se puede soslayar y eso pesa.
Digámoslo de una vez. Esta peli no tiene más razón de ser que hacer caja a cuenta de su precedente. Lo que no es criticable si el resultado hubiese merecido la pena. Pero no lo merece.
Le ha faltado una historia de fuste, con tanta carga simbólica como su predecesora, y quizás había un camino para ello. Viendo los hologramas quizás por ahí había camino para desarrollar una trama en varios sentidos: Irrealidad, identidad… pero no.
Los guionistas se fueron a lo más manido… que los replicantes pudiesen dar un paso más hacia su necesidad de sentirse humanos… que tampoco hubiera estado mal si se hubiese trabajado más el asunto, pero se quedaron en la superficie.
No hay una sola frase en todo el metraje que tenga algo de mensaje, de ingenio, de reflexión. Guión pobre, plano, consabido. Con ecos de Terminator, Mad Max y por supuesto, no ecos, si no “corta y pega” de su predecesora.
¿Y la música? La de veces que habré escuchado la BSO de Vangelis, tan sugerente, tan envolvente, parte imprescindible en el anterior film. La de esta historia es gris, gris, por muchos crescendos que tenga. Que al final suenen notas de la música de Vangelis sólo es la prueba de lo que a lo largo de la proyección se notaba… un querer y no poder.
Los niveles interpretativos son correctos, aunque no hay y se echa a faltar un Rutger Hauer que más allá de lo icónico le metiese teatro a las interpretaciones. Tampoco hay una Rachel, ni un Tyrell. Su sustituto con mucha parafernalia y poca chicha es poco más que un cromo.
Toda la película se desliza al lado de su predecesora como una rémora tras un tiburón o como un aficionado tras un profesional.
Alguien debería decirles a los que se dedican al cine y ponen a actores por encima de los sesenta años a actuar, que cuando a un hombre de esa edad le das un puñetazo bien dado es más que posible que no necesite más. Por lo de la verosimilitud. Son pequeños detalles que estropean un proyecto. A menos que la cosa vaya de guasa, que no es el caso.
No hubría necesitado ver toda la película para darme cuenta de que no era más que un triste y fracasado remedo de la primera si hubiera visto el final antes. Por un momento me puse en lo peor y estaba ya oyendo  “Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión…”
He hecho una pausa para buscar la escena en Youtube y ponérmela. No sé cuantas veces la habré visto. Rutger Hauer  soltando su reflexión, su sonrisa de resignación, la cara de Harrisón Ford, la lluvia, la música y la paloma volando. ¡Qué escena! Poesía y emoción pura. ARTE.
Pero no, la cosa no pasa de una pobre muestra de falta de imaginación y ambición. De todos los finales posibles, si yo hubiera sido el de la pasta, este se habría rodado por encima de mi cadáver.
¡Ay, esta industria que no puede resistirse al cash y está tan poco por el arte!
Al Blade Runner original poco daño le puede hacer cualquier intento de secuela y para muchos será un reto, pero indudablemente si hay más, el recuerdo que de ella tenemos no puede por menos que verse mezclado con los intentos, si fracasan, una pena, y si triunfan, no me lo quiero imaginar. A ver.

viernes, 6 de octubre de 2017

"Madre!" de Darren Aronofsky (2017)



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Aviso. Puede que no hay entendido nada. Pero, entendido o no, esto es lo que sentí y esta es mi opinión.
Estuve viendo la proyección, yo no la llamaría película ni diría que es cine, con interés, aunque desde el principio con mis sospechas de si estaba asistiendo a otro intento de epatar al espectador por epatarlo o a otro intento de crear el “suspense eterno”.
Fluctuando entre pensar si era una alegoría sobre lo que significa ser madre, con todo lo que el asunto tiene de cósmico, místico, mágico y diabólico, además se titula madre!, con signo de exclamación, que a saber lo que querrá decir. Quizás la llamada eterna que tenemos todos guardada, que nunca se olvida, aunque vivamos cien años: Mama! Mama!
De lo pesada u castrante que se puede poner una madre.
O si era una parábola sobre el egoísmo y el egocentrismo de todo aquel que siente una pasión, en este caso la literatura.
O si era simplemente la historia de una secta en plan “semilla del diablo” pero con retazos de cine de autor y artista de grandes vuelos.
O quizás una reflexión sobre el proceso de crear que lleva arduas horas de trabajo y soledad para conseguir un diamante que pisotee un recién llegado descerebrado, que viene a ser como comprar una obra de arte y ponerla en la estantería o colgarla en la pared para que todos la vean.
No me decidí.
Declare la proyección “artefacto cinematográfico”.
¿En qué se diferencia un “artefacto cinematográfico” de una “película de cine"?
En que esta última puedes explicar de qué va y en la otra te limitas a dar los grandes rasgos: Una casa que se quemó, una pareja que la reconstruye y vive en ella, unos extraños o no que llegan. Con lo que el que te escucha te dice,
-Pues me has dejado igual.
Entonces tú aprovechas y le espetas,
-Pues así estoy yo.
Ya hay varios directores intentando trascender la clásica manera de hacer cine, de contar en la pantalla. Y me parece bien.
Vivimos tiempos convulsos, creativamente hablando, en el cine. Eso tiene su coste para el espectador. Y, o nos amoldamos o iremos al cine y no disfrutaremos.
Yo con esta proyección disfrute. No sé por qué pero disfrute.
Quizás el trabajo de los intérpretes, que lo tienen muy complicado. Porque interpretar un personaje sin dobleces es difícil, pero interpretar personajes que interpretan personajes que fingen lo que no son es más difícil.
De los cuatro intérpretes principales, Michelle Pfeiffer es la que mejor está. Jennifer Lawrence se emplea a fondo en lo físico pero me resulta plana y poco creíble en lo emocional. Ed Harris, con su rostro hierático poco puede hacer y de Javier Bardem poco puedo decir. Porque es escucharlo doblado, doblaje nefasto por otro lado, y todo se me va al traste. Su duro rostro luce bárbaro y añade ambigüedad a lo ambiguo pero su voz…
Me gusta esa cámara insistente que parece un moscardón que se abate sobre los actores, y bueno, que a ver  donde van a parar estos intentos de un nuevo lenguaje cinematográfico.
Comprendo que este director coleccione abucheos o seguidores incondicionales, pero somos perezosos y a la hora de posicionarnos, o adoramos o matamos. Lo nuevo siempre cuesta.
A mí, también.
Que alguien me dice que la peli le ha parecido una maravilla. Pues lo envidio.
Que alguien me dice que es una tontería. Pues no le envidio, porque se ha gastado una pasta para nada.
No es una película usual, lo que encuentro que es de agradecer.
Ah!, se me olvidaba, también puede ir del eterno retorno.
Es que puede ir de tantas cosas!. O de ninguna y el guionista, o sea el director, haberse hecho la picha un lío.
Que a mí el final me parece de garrafón.
Uno nunca sabe.
Por eso lo mejor es sentir.

lunes, 2 de octubre de 2017

“Hodet over vannet” de Nils Gaup (1993)




 Antes de entrar en los aspectos cinematográficos, una puntualización sobre el poder de los más fuertes y las injusticias consiguientes. De esta película se hizo un remake tres años después en los USA, con Cameron Díaz y Harvey Keitel, y ahora el porcentaje referencial en internet es de 10 a 90, respectivamente, o sea que la película americana se ha comido a aquella a la que copia y de la que mama. Sin motivo ni razón artística, pues el remake, sin ser malo, no supera el original.
Y ahora el lío de las traducciones de los títulos de las pelis. Esta historia es una tragicomedia de origen noruego que como bien se ve la traducción literal sería “la cabeza sobre el agua”, pero que aquí en España, después de verla, le hubiera venido mejor el título de “A flote” o “Con el agua al cuello”. Pero teniendo en cuenta que en Italia se llamó “Agua profunda” y el remake del que hablo arriba, “Solamente se vive una vez”, pues la cosa podía haber sido peor.
Propongo que viviendo en la época en que vivimos en que los traductores “on line” abundan como setas, los títulos mantengan su original, y lo de no doblarlas ya lo vayamos preparando para el siglo XXII. Así conseguiremos ver las películas tal y como pretende el director y además aprenderemos idiomas. Y leeremos. Todo, ventajas.
Entretenidísima historia que como todo buenísimo espectáculo no pierde ni un momento el ritmo y va de un simple y tranquilo periodo de vacaciones a un crescendo final con suspense por el camino que nos deja pensando: ¿Pero ya ha pasado una hora y pico?  Que es lo mejor que le puede pasar a un espectáculo.
Este thriller tragicómico tiene un guión acertado y unas interpretaciones naturales y equilibradas que uno valora todavía más si ha visto el remake, como cuando bebes un vino bueno y a continuación uno menos bueno, repito el remake es aceptable, que lo valoras más y mejor. Por eso de la comparación.
En el remake Díaz, Keitel están bien, muy profesionales, demasiado profesionales. ¿Saben ese encanto de los aficionados cuando brillan?  Y no quiero llamar aficionados a los actores noruegos, quiero llamarles naturales, sin divismos, ni histrionismos. Me explico. Si uno quiere ver una historia relamida, barroca, llena de arabescos, el remake. Si uno quiere una historia sabrosa, espontanea, con gusto a la tierra, el original.
Viene esto a que hacía ya muchos años que yo había visto la original y guardaba un recuerdo gratísimo de la peli. Al ver el remake, noté eso que decía, y volví a ver el original. No hay comparación. Una buena historia no necesita del preciosismo, la explicitación hasta el hartazgo y los paisajes tan bonitos que distraigan de la historia.
Si uno gusta de los jardines relamidos ingleses, el remake. Si uno del campo salvaje, natural y con olores fragantes, la película noruega.
Yo asome por el remake y salí trasquilado. Así que volví a las fuentes. Lo de siempre, vaya.