martes, 17 de junio de 2014

“Sir Dominick Ferrand” , un cuento de Henry James




Cuando uno sabe que va a probar un jamón ibérico el paladar se predispone a unos sabores ya conocidos y que pocas veces decepcionan. Podrá ser excelente el jamón o no, pero desde luego habrá atisbos de esa excepcionalidad al menos. Con la literatura de Henry James pasa tres cuartos de lo mismo. Sus narraciones cortas o sus novelones largos alcancen el virtuosismo literario a que nos tiene acostumbrados o no, dejan en la sensibilidad una sensación de estar lleno, que pocos autores, conmigo al menos, han conseguido.
He disfrutado de casi toda la obra de Henry James y me guardo para ir catando de vez en cuando algunos cuentos y alguna novela, como el que almacena en su bodega vinos de añadas diferentes.
Esta vez se trata de un cuento corto, “Sir Dominick Ferrand”. En principio un cuento con un argumento de lo más truculento: Un escritor mediocre anda debatiendo con el editor de una revista si modifica su texto o no, con el fin de publicarlo, cuando conoce a una nueva vecina, viuda y con un hijo, que se viene a vivir a la casa en la que él reside, alquilado en unas habitaciones. Al mismo tiempo, el escritor, en su deambular por la ciudad tropieza con una tienda de muebles en la que compra un escritorio, que resulta tener un compartimento secreto dónde aparecen unas cartas escritas por Sir Dominick Ferrand. Surgen las dudas sobre qué hacer con las cartas, si devolverlas o publicarlas. Escritor mediocre, viuda pianista y editor cicatero juegan con las cartas, como si de una pelota de tenis se tratara.  Todo, para al final, descubrir, que la viuda es hija bastarda del aristócrata. Como se ve una historia de una artificiosidad alarmante que a bote pronto no daría ni para una novela barata de cien páginas.
Es lo mismo que le ocurre al jamón ibérico, que sale de un cerdo, como cualquier otro jamón. Sólo que con una alimentación y un trato en su crianza diferente.
A Henry James, el colofón de sus historias no parece importarle mucho. Contar y contar lo que ese narrador tan personal que él no sé si creó pero que sí que ha convertido en un boquete creativo por el que se han colado gran parte de los escritores que desde entonces han sido, es lo que quiere hacer. Y lo hace endiabladamente bien. Llegar al final del viaje para James es algo poco deseable, queda deshacer las maletas y ponerse a planear otro. Es el viaje lo que hay que disfrutar.
En este cuento, como en casi toda su obra, al final, hay más incertidumbres que certezas y, claro, sabes que el escritor llega a un acuerdo con el editor, que aquel se casa con la viuda, pero ni sabes lo que decían las cartas, ni si la viuda sabe desde el principio que el mueble pertenece a su padre, ni si su padre era un hombre honorable o no, ni cómo fue que sus padres se conocieron…..en fin que tienes la dolorosa sensación de haberte quedado a medias. Y esa es la grandeza de Henry James, que escatimando aquello que parece ser el atractivo de la historia te deja un sabor de plenitud pocas veces alcanzado con otros autores. Sus frases intrincadas, llenas de frases coordinadas, como muñecas rusas dentro de muñecas rusas, te sumen en un estado muy parecido al que disfrutas en la vida con más asiduidad de la deseada. Las reflexiones humorísticas, pero no demasiado, no te permiten fiarte de lo que estás leyendo, pues no sabes si es cosa del narrador o del personaje, lo que mantiene una tensión en la lectura que da musculo mental. Ojo avizor, en cada palabra. Un minuto de despiste y te has perdido el mejunje de la historia.
Esto que sigue es un fragmento del cuento, en el que si cambiamos Historia por historia, está resumido en parte el estilo de este escritor irrepetible: “Contempló la encrucijada con la disciplina de un hombre que ha hecho su elección, pero esta disciplina era en sí misma la más exquisita de las emociones. Un cambio grande y repentino, de hecho, y una especie de noble acto de misericordia. Creía haber tomado el pulso a la Historia y participado del secreto de los dioses. Lo tenía todo en sus manos, las tablas, la balanza y la antorcha. No era capaz de sostener un personaje, pero podía, sin dificultad, hacerlo trizas. Eso podía ser una forma de <creación>: reconstruir las partes menos agradables del personaje, mostrar su lado desconocido….”
“Sir Dominick Ferrand”, no un excelente James, pero sí un muy sabroso James.

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