martes, 14 de noviembre de 2017

“Cuentos completos” de Amy Hempel



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Dice el prologuista de este libro y lo remarca que hay que atender a las frases que en sus cuentos se inventa Amy Hempel. Y después de leer el libro, digo que decir eso es como decir que en el océano hay mucha agua. Las frases de Amy Hempel te saltan a la mente como esos estallidos brillantes, deslumbrantes de los fuegos artificiales. A veces tienes la sensación, leyéndola, de que escribe los cuentos como marcos para colocar esas ocurrencias de mil sabores y colores.
Por ejemplo,

¿Sabías que los esquimales necesitan congeladores porque, si no, de qué otra manera iban a evitar que se les congelara la comida?

Estas perlas están desperdigadas en todos sus relatos con mayor o menor densidad. Las saboreas de una manera que en algún cuento hay tantas que pierdes de vista el argumento.
Por ejemplo, en el cuento “Simplemente iba”, el argumento es que un joven iba conduciendo por el desierto y tiene un accidente,

“De modo que voy a perder unos días de clase. Por mí, vale. Creo que el noventa y nueve por ciento de lo que hace cualquier persona puede aplazarse”

“Nos preguntó si alguno de nosotros, sus alumnos, habíamos tenido un <estado de consciencia>  similar.
¿Lo dice en serio?, pensé yo.
Una vez cobré un cheque y fui consciente de que era muy poco dinero.
Una vez me intoxiqué con la comida y fui consciente de que estaba atrapado dentro de mi cuerpo.”

“Mientras tanto, me pregunto cómo es posible que no pueda recordar siquiera todo lo que se me ha olvidado”

“La razón es que esta enfermera hace que cualquier otra mujer parezca un transexual. Por desgracia, está enamorada del Señor”.

“Cuando no logro dormir, trae la guía de teléfonos, se sienta junto a mi cama y nos ponemos a buscar nombres raros. En esta comunidad viven Macedonio Defrutas y Rosario de la Aurora”

“La enfermera de noche huele a velas de Navidad. Después de salir de la habitación, parece durante un rato que sigue aquí. Ella no está, pero sí el concepto de ella”.

“Cuando atravieso el desierto, me gusta conducir con los prismáticos…las cosas están lejos y cerca de ti y tú sigues en el mismo sitio”.

Y todo esto, y algo más, en escasas cuatro páginas.
Evidentemente del accidente no se acuerda nadie.
 “En el cementerio dónde está enterrado Al Jolson” narra las visitas que la narradora le hace a una amiga desahuciada,

“Vimos una película protagonizada por unos hombres con los que antes creíamos que nos hubiera gustado acostarnos. El de ella era un poli duro que intentaba detener al mío, un violador despiadado que perseguía a camareras especializadas en recepciones.
-Es una buena película- dijo en la escena en que unos francotiradores abatían a los dos.
Yo ya la echaba de menos”.


“La misma mañana en que la llevaron al cementerio, aquel cementerio donde estaba enterrado Al Jolson, me matriculé en un cursillo para vencer el miedo a volar en avión.
-¿A qué le tiene más miedo?- me preguntó el instructor, y le respondí,
-A que termine este curso y siga teniendo miedo.”

En “El hombre de Bogotá”, un cuento de una página, cuenta como se enfrenta uno a una posible suicida subida a una cornisa contándole como el secuestro de un hombre mejoró su salud, pues estaba enfermo y había que mantenerlo con vida, con lo que los secuestradores se dedicaron a cuidarlo  y al final sanó. Con lo que la moraleja final,

                               “..cómo sabemos que lo que nos ocurre no es bueno”

No sé muy bien qué ideas le daría a la suicida.

En el cuento “La cosecha” da otra vuelta de tuerca a la técnica del cuento y dentro de él explica que el cuento tenía otro título y que las cosas pasaron de otra manera.


Deslumbrado por sus cuentos. Voy a poner alguna más de sus frases. Poco más hay que decir.             

“Cree que las señales de limitación de velocidad indican que no puedes ir por debajo del límite que señalan”

“No estoy preparada para esto, pero esto es lo que me ha tocado: un muchacho que no tiene madre”, la narradora hablando de su compañero.

                      “No soy enfermera. Apenas puede decirse que sea mecanógrafa”

“Estoy ganando peso porque he dejado de toser. Toser era mi manera de hacer ejercicio”      

“La vida es dura, y después nos morimos”

Uno que se ha dejado las gafas en una fiesta, “…condujo a toda velocidad para llegar a casa antes de sufrir un accidente”

“La camiseta más vendida del verano es la que lleva impresa la siguiente leyenda: TANTOS TURISTAS Y TAN POCAS BALAS. Los turistas son los que siempre la agotan”

“Otra mujer, al ver que su perra era montada por dos perros, uno detrás de otro, comentó que la vida social de su mascota era mejor que la suya”

“Se lo vi hacer una vez, que fue todas las veces que lo hizo”

“Eve Grant era la futura ex esposa de Wesley Grant”

“…siempre dice que se casó con la mujer más guapa que había visto en su vida y que aprendió que la belleza es algo irrelevante”

Y además de eso, los cuentos de Amy Hempel son profundamente femeninos, todos ellos están cargados de su punto de vista, de mujer, sobre la vida y sus vicisitudes, desde niña hasta la tumba, sus obsesiones, sus debilidades, sus pasiones, sus rebeldías.
Deslumbrante Amy Hempel, desde que descubrí a John Cheever nada igual.

jueves, 9 de noviembre de 2017

“Un final made in Hollywood” de Woody Allen (2002)



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Dices, voy a ver una película de Woody Allen y sucede que unas veces sí es “una de Woody Allen” y otras veces, no. A ver, de Woody Allen son todas las películas que él dirige pero no todas llevan la marca que le ha hecho  indispensable en la historia del cine. Ahora me entenderán. La que hizo sobre Barcelona o sobre el lado del que cae la pelota, pues son suyas pero no. Sin embargo “Balas sobre Broadway” es suya pero sí, del todo.
Pues bueno, esta es una de las que sí pero sí. Una gozada.
Aventuro un disparador creativo para esta película de Allen. Un día se le ocurre la idea de que un director de cine se queda ciego y en esas circunstancias rueda una película. Y ya no pudo parar. Era una idea fantástica y muy en la línea de su disparatado humor. Y la hizo. Para gozo y disfrute del mundo entero.
A las películas de Woody Allen en las que él es protagonista les pasa lo mismo que le pasaba a las películas de Charlie Chaplin. Sabias de qué iba pero ibas a verlas porque te mondabas. Con Woody Allen no sólo te mondas sino que además degustas esa demoledora ironía que empieza por ponerse en solfa a él y termina haciéndolo con el mundo entero.
La escena del restaurante en el que se encuentra con su exmujer después de unos cuantos años, en la que intenta mantener el tipo y hacerse el duro, es antológica. Son unos minutos de interpretación y dialogo brillante, con ese personaje malévolo, humano y a la vez tierno que él siempre ha bordado.
Los dobles sentidos, los malentendidos, las peticiones descabalgadas de toda lógica nos traen al genuino Woody Allen de “Balas sobre Broadway” o “Asesinato en Manhattan”. Hay escenas de humor visual, de humor textual, de humor de circunstancias… cualquier escena es apropiada para poner un poco de salsa “woodyalleniana”
La excusa de la ceguera le viene que ni pintiparada para acusar de ciegos y necios a muchos de las personas que se mueven alrededor del mundo del cine y por ende del mundo del arte. No sé muy bien como se tomaron en su día los franceses la moraleja que parece desprenderse del film a pesar de su “savoir faire”.
Nadie como Woody Allen ha dado estopa a diestro y siniestro a todos y cada uno de los oficios que rodean a la industria del cine y mírenlo ahí sigue, que cada vez que se rumorea que va hacer a una película hasta los de la iluminación se ofrecen gratis. No digamos los traductores. Porque a Woody le puede pasar de todo.

domingo, 5 de noviembre de 2017

“Mac y su contratiempo” de Enrique Vila-Matas



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Posiblemente de todos los escritores españoles exitosos, que se ven en los escaparates y en las listas de ventas, sea Enrique Vila-Matas del que se pueda decir con más probabilidades de acertar que pasará a la Historia de la Literatura Española. Esto es un tanto arriesgado, lo sé, pero a favor de mi predicción está el que es un autor con un estilo, una originalidad y una temática muy personal.
Enrique Vila-Matas no es un escritor para el lector medio, es un escritor para escritores o para lectores muy avezados que hace tiempo superaron la necesidad de leer algo que tuviera eso que se llamaba “lo ineludible de una historia”: Presentación, desarrollo y resolución. Se puede decir que eso a este autor le importa un comino.
Le importa tan poco, que a veces tengo la sensación de que anda buscando escribir un libro que sólo sea para leerlo él o para que nadie lo lea, que todo puede ser. Es decir, escribe como respira y eso es algo que a un artista, crear para vivir, le insufla recorrido, sin venir a cuento cualquier preocupación terrenal que sólo viene a enturbiar el proceso creativo y a adulterar el talento.
En “Mac y su contratiempo”, Vila-Matas está donde casi siempre en sus historias: La realidad es un concepto en el que hay tanta fantasía que no se sabe muy bien para que se ha inventado la palabra “irrealidad”.
La repetición, la identidad, la inutilidad de querer buscarle al tiempo las vueltas, la soledad son temas aquí presentes desde la perspectiva tan original de este autor. Una perspectiva en la que cabe todo, desde la copia de textos ajenos, la mención a autores reales, hasta convertir la narración en una historia de una historia de una historia. No sabiendo al final si todo el desfile de personajes es un solo personaje que se transforma constantemente, porque si deja de hacerlo, perece, de la misma manera que si los tiburones dejan de nadar mueren, o una multitud de personajes investidos cada uno de una característica de las que posee el narrador con el fin de tener al final un mosaico poco preciso pero indicador del desconocimiento que tenemos de nosotros mismos.
El final es consecuente: El personaje se desvanece aunque siga paseando un día y otro por el mismo barrio y entrando cada día en los mismos establecimientos: Cafeterías, tabernas, quiosco, su casa…
Mac sólo existe porque los demás lo ven.
Leyendo el libro me acordé de los talleres de literatura, en los que los profesores se afanan en inventarse disparadores imaginativos a partir de los cuales crear historias.  Vila-Matas es un semillero de disparadores. La afluencia de su imaginación es imparable y muchas veces no cuenta las historias, cuenta la historia de la historia. No hay tiempo para más, pues está acabando una y ya hay otra en puertas. El lector se apañará.
Mac trabajaba en una profesión, pero dice estar jubilado de otra. Tiene una familia pero se hace difícil aceptar que sea cierto dado su trajín existencial. Frustrado decide reescribir un libro de un escritor vecino, que es muy posible que sea el mismo. Un libro de cuentos que cada uno de ellos está escrito a la manera de un autor famoso. Este autor tiene un sobrino que nunca ha escrito nada pero que piensa que es mejor escritor que su tío. Este sobrino también puede ser Mac.
Mac esta fuera de revoluciones.
Algo que suele suceder si buscas dentro de ti y acudes a todas las llamadas y no te ciñes sólo a lo sensorial. La imaginación nunca es domada.
Y entre descanso y descanso de lo que se podía decir groseramente “pajas mentales”, la lucidez del que no para de observar al ser humano y de la mano de escritores amigos va pergeñando la existencia:
“Seguramente avanzamos por descarte”
Casi nunca elegimos lo que deseamos, entre dos opciones elegimos la que menos nos desagrada no la que más nos gusta.
Escribir como vivir, como respirar. Vila-Matas es Mac. Un escritor de raza o un escritor a pesar de sí mismo. Lo plasma en un dialogo muy sucinto,


El escritor pregunta a una persona que va sola,
-¿Vas sola?
La persona se queda pasmada y pregunta,
-¿Estás tonto o qué?

Es escritor, siempre va acompañado, aunque vaya solo. 
Por eso pregunta, por eso aconseja,
“Cuando escribes no debes nunca decirte a ti mismo que sabes lo que estás haciendo”.
Vila-Matas, primero escribe para él, condición “sine qua non”; después para otros iniciados, léase escritores o no, y por último para todos los que se quieren perder en el caos fantástico que la realidad nos ofrece.
Lo dicho, Historia de la Literatura.

miércoles, 1 de noviembre de 2017

“Canino” de Yorgos Lanthimos (2009)



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Sorprendente y extraña propuesta cinematográfica la de este director griego que, empapado de todo el cine que se ha hecho hasta ahora, no deja de utilizarlo para construir una historia que cuanto menos te atrapa con el cebo de, qué querrá decir, qué tesis hay, si es que hay alguna, y cómo acabará el asunto, si habrá un desenlace o no.
Me apunto a que sí hay una intención filosófica, de reflexión, sobre el aprendizaje humano, sobre la necesidad de construirse a base de mirar y escuchar, un aprendizaje que está indudablemente en todos los que nos rodean y que puede ser tan óptimo o tan pésimo en función de una pluralidad de factores tan enorme que no son la suerte y la genética los menos influyentes de ellos.
Así que si se acotan y limitan estos factores es posible que esa protección o esa educación, que pretendemos la mejor para nuestros vástagos, igual podemos llevarla a cabo.
Y con este escenario  se lleva a cabo la intención arriba señalada. Pero de manera insuficiente, el guion no convence, quedándose en un apunte de algo que podía haber rayado más alto, no quedarse en lo anecdótico y prosaico, con una trabazón que no permite una mínima verosimilitud, moviéndose todo la proyección, durante todo el metraje, entre lo humorístico, lo paródico, lo surrealista y lo casero. Un apunte, una acuarela simpática, con más agua que color.
El final viene a corroborar la falta de profundidad y el agotamiento de la correa imaginativa que deja en manos del espectador la solución. El qué será, será.
Los planteamientos de Yorgos Lanthimos son originales, en “Alps” da otra muestra de ideas con aliento, pero que al salir al relente del arte cinematográfico se diluyen y quedan en vanos intentos de cuajar algo que se vislumbra pero no se acaba de concretar.
En este tipo de cine de autor hablar de la interpretación de los actores es normalmente algo intrascendente porque la sombra del director planea sobre cualquier gesto o pestañeo de los mismos. El afán acaparador del autor hace vanos los otros complementos, a menos que el creador acaparador los considere necesarios. Que no es el caso. Todo es la idea.
¿Merece la pena ir a verla? Pues sí.
Pero es de esas obras de arte a las que hay que ir con el saco de Buñuel lo más lleno posible para poder saborear todo lo que el film deja cosido con alfileres.
No deja indiferente, que dicen algunos, aunque de cine con guion, interpretaciones, fotografía, ritmo, casting y esas cosas, poco.
Todo supeditado al genio del director.

sábado, 28 de octubre de 2017

“La chica de California y otros relatos” de John O’Hara



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La técnica de los “narradores a medias”, no me parece lo más sobresaliente de la narrativa de O’Hara, ni esa manera suya, chispeante y directa, de contar a través de los diálogos y también de a través de esos diálogos retratar los personajes, si no ese pacto que debe haberse acordado en algún incierto lugar, donde se almacenan los narradores no natos norteamericanos que cuando nacen vienen con una misión bajo el brazo: Radiografiar a los americanos en su tinta y nunca mejor dicho. El ambiente, la sociedad americana que nos muestra John O’Hara es su misión.
Dorothy Parker tenía esa misión pero no pudo mantener el pulso y su narrativa escoró hacia el mundo del espectáculo. Su maravillosa capacidad para el sarcasmo, algunos malévolos lo llaman cinismo, la alejó del retrato social para dejarla caer en el mundo de las bambalinas. Quedó fuera todo el resto de la sociedad de aquel momento.
A O’Hara no le pasa eso. John O’Hara es ese anfitrión que te recibe a la puerta del cuento, te explica cuatro cosas someras y después te deja que escuches y saques tus propias conclusiones. Toda la sociedad desfila por su pluma, cabe en su narrativa, al menos la de los blancos, tampoco hay que ser tan exigente. Te lees los cuentos de O’Hara y después puedes decir que conoces perfectamente al WASP (White Anglo-Saxon Protestant) de la “pre y post” segunda guerra mundial. Y si has leído a Raymond Carver con anterioridad pensaras que eres un arqueólogo.
Comprendes que la misión de Carver era continuar la labor de O’Hara.
Después de leer lo que les sucede a los personajes de O’Hara uno entiende que los hijos y los nietos de esos personajes, que son los personajes de Carver, no pueden comportarse de otra manera.
Yo me preguntaba, ¿De dónde saca Carver tanta desolación, desanimo, desgarro? Me parecía que su narrativa era como una venganza, cuando en realidad era una continuación.
O’Hara como principio de Carver.
Por ejemplo, el cuento “Exactamente ocho mil dólares exactos” es, para entendernos, si fuera un cuchillo, como si tuviese no sólo dos filos, Carver, sino que el mango también sería otro filo, O'Hara. Lo cojas por donde lo cojas te cortas. Si quieres cortar o pinchar a alguien, ya sabes. Un cuchillo fabricado en una de esas fábricas míticas norteamericanas donde todo lo que se hacía duraba toda la vida, para lo bueno y para lo malo.
Raymond Carver convierte ese cuchillo en un cuchillo más comercial, con parecidas características, adquirible en cualquier centro comercial o bar de barrio residencial.
Eso en cuanto al tema, en cuanto a la forma creo que O’Hara es superior a Carver. Quizás no tan potente, tan cortante pero es más exigente, tiene una prosa que da la sensación de que llega tarde a algún sitio. Como el conejo de Alicia, con destino incierto, no se detiene. No se para en descripciones, ni en reflexiones de ningún tipo. Hay que contar algo antes de que el que escribe, o el que lee, se largue. Acabe de leer “El hombre de la ferretería” y estaba acezando.
En “Atado de pies y manos”, donde se narra como la costumbre de un empleado de banca de ir en mocasines al trabajo desata un conjunto de reflexiones y actitudes ante tal hecho de los cuatro personajes que intervienen en el relato, consigue esculpir no los rasgos físicos si no los rasgos del alma. Lo que para alguien que está acostumbrado a mirar caras y almas de una en una, de pronto cuatro es muy fatigoso. Además lo hace con los diálogos. Un virtuoso.